EL día 10 de julio, del año 1911. Nació en Tacámbaro, Michoacán, Amalia Solórzano Bravo. Aunque la Historia oficial la recuerda a menudo bajo la sombra del apellido de su esposo, el General Lázaro Cárdenas del Río, con quien contrajo matrimonio en 1932, la vida de Doña Amalia trascendió con creces el papel Protocolario de una primera dama. Fue, por derecho propio, una aliada fundamental en las profundas transformaciones sociales del México posrevolucionario y una mujer que mantuvo encendida la llama del compromiso social hasta el último de sus días.

1937: La madre adoptiva de la República Española
Apenas tres años después de que su esposo asumiera la presidencia, el mundo se vio sacudido por la Guerra Civil Española. En 1937, demostrando una profunda sensibilidad humanitaria, doña Amalia encabezó el comité que recibió en la Ciudad de México a 456 hijos de republicanos españoles.

Aquel grupo de infantes, conocidos desde entonces como los «Niños de Morelia», fue enviado al País para ser protegidos de los horrores del conflicto bélico. Amalia no sólo los recibió; se aseguró de que encontraran en suelo michoacano un hogar, educación y el cobijo de una nación que los adoptó como propios.

El Archivo personal de Amalia Solórzano, rescatado en el libro A 50 años Lázaro Cárdenas (INEHRM / Secretaría de Cultura), resguarda pasajes íntimos de su vida con el General. Uno de los más emotivos quedó registrado en el diario de Lázaro Cárdenas el 1 de mayo de 1934, cuando relató con mística revolucionaria el nacimiento de su hijo:
«A las 12 horas dirigí por radio a los trabajadores de la República un saludo, insistiendo en la organización cooperativa de trabajadores como medio efectivo para mejorar las condiciones del mismo trabajador y aumentar la producción agrícola e industrial del país. […] A las 18 horas dio Amalia a luz un niño. Feliz coincidencia la de su nacimiento en este día 1º de mayo. Llevará por nombre Cuauhtémoc Lázaro Cárdenas Solórzano».

1968: Solidaridad de incógnito en la «Marcha del Silencio».

Décadas después de dejar la Residencia oficial, y cuando muchos esperaban de Ella un retiro cómodo y silencioso, Amalia Solórzano demostró que sus convicciones eran inquebrantables. En 1968, conmovida por las demandas estudiantiles, decidió apoyar el movimiento por iniciativa y criterio propio.

Desafiando la rigidez del Sistema, asistió de incógnito a varias manifestaciones Históricas, entre Ellas la mítica «Marcha del Silencio». Años más tarde, Ella misma relataría con sencillez y humor la complicidad silenciosa que mantenía con el General Cárdenas:

«Regresé a la casa, a eso de las 8:30 de la noche. Entré al Despacho del General. Nada más se paró, se me quedó mirando y lo primero que me dice es: ‘¿Y cómo estuvo la concentración, chula?’. Y le contesto: ‘Pues muy buena, muy concurrida’. No sé si él se haya imaginado que mis salidas eran siempre por ese motivo, pero ni me lo prohibía ni me lo autorizaba. Era cuestión mía y era valor entendido que a mí me interesaba e iba».

Caminos en la Mixteca y la mirada puesta en el México indígena
Tras la muerte del General en 1970, Amalia no detuvo su marcha. Se volcó intensamente al trabajo comunitario, caminando las tierras de la región Mixteca para escuchar de primera mano las urgencias de los pueblos originarios. Bajo su gestión directa se impulsó la construcción de caminos rurales y techados para escuelas, además de coordinar la entrega constante de alimentos, cobijas y despensas en las zonas más desfavorecidas.

Su brújula moral apuntó siempre hacia la justicia indígena. Por ello, no fue sorpresa para nadie que en 1994 manifestara su abierto respaldo al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas. Dos años después, en 1996, prestó su enorme autoridad moral para formar parte de la Comisión de Seguimiento y Verificación de los Acuerdos de San Andrés, buscando garantizar la paz y el reconocimiento de los derechos indígenas.

Doña Amalia Solórzano falleció el 12 de diciembre de 2008 en la Ciudad de México, a los 97 años de edad. Su andar de casi un Siglo dejó una huella indeleble: el testimonio de una mujer que entendió el poder no como un privilegio de casta, sino como un canal indomable de solidaridad y servicio a los olvidados de su Patria. Hoy, a 115 años de su nacimiento, su legado sigue siendo un referente de dignidad civil en el México Moderno.

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